Hay una pregunta que me han hecho toda la vida:
«¿Dónde se le apaga el botón a esta niña?»
Lo decían con cariño. Yo lo escuché diferente: eres demasiado intensa. Baja el volumen o incomodas.
Y en algún momento — sin darme cuenta — empecé a hacerlo yo sola.
Cambié KPIs por chakras. Me quité los bordes. Me hice más lo que creía que esperaban.
Hasta que un día en Jalisco, esperando a que se durmieran las gallinas de la vecina para poder grabar, me senté a preguntarme quién era yo cuando nadie esperaba nada.
Y conecté los puntos.
Los puntos que no parecían conectados:
Estudié mercadotecnia porque quería entender a las personas — no venderles cosas.
Me certifiqué en cybermarketing con un proyecto de nutrición para adultos mayores porque vi los datos de natalidad del 2050 y pensé: alguien tiene que pensar en esto.
Entré a ONG’s para ayudarlas a generar mejores resultados — no porque fuera sólo voluntaria de corazón noble, sino porque el marketing tiene el poder de mover causas reales.
Hice una maestría en la Universidad Real Madrid en gestión de entidades deportivas porque vi el deporte como lo que es: la herramienta de autoconocimiento y liderazgo más poderosa que existe. La que mueve masas. La que inspira sin dar un discurso.
Fui directora de inteligencia comercial a los 28 — en el mundo corporativo, rodeada de hombres que cuestionaban mi voz. Y me senté uno por uno con cada miembro de mi equipo a hablar de su vida. No de sus KPIs. De su vida. Porque los mejores resultados los dan las personas que se sienten vistas.
Ese mismo año me diagnosticaron quistes en la tiroides. Biopsia. Oncólogo. Hashimoto. Me inyectaba insulina y tomaba tiroides porcina.
Cuatro años después — con mi papá sin poder trabajar normal por una parálisis ocular, una de mis mejores amigas secuestrada, y sintiéndome todo menos vista y valorada en mi trabajo — renuncié.
Fui a terapia psicocorporal.
Tres meses después, en la siguiente revisión, no había rastro de los quistes. Sin explicación médica. Sin medicamentos. Solo lo que pasó cuando le entré a lo que estaba pasando en mi mente, mis emociones y mi cuerpo.
Ese día entendí que el cuerpo no miente. Y que el problema que ves casi nunca es el problema real.
Me dediqué a aprender lo que mi terapeuta hizo — para que otras mujeres que estuvieran donde yo estuve supieran que es posible.
Abrí un negocio de fotografía boudoir y acompañé a mujeres de todas las edades y tallas a verse hermosas frente a una cámara. Las vi llorar viéndose al espejo. Sin armadura. Sin máscara. Suficientes.
A los 18 años empecé a estudiar Kabbalah. En el centro me leyeron por primera vez mi carta natal — y había tantas cosas que me hacían sentido que nadie me había podido explicar antes, que me compré mi primer libro y ahí empezó el viaje.
Siempre fui muy preguntona. En la iglesia me preguntaba para qué me servía en la vida saber de Pedro y Juan. En la escuela cuestionaba lo mismo. En Kabbalah por primera vez alguien me respondía: los egipcios es un código para esto, Aries es el código de aquello. Y yo — con un Mercurio en Piscis en Casa 8 — sentí que por fin alguien me hablaba en mi idioma.
Me leyeron la carta varias veces — pero yo quería más. Así que estudié. No para enseñarla. Para ser quien mejor supiera darle la vuelta a todo lo que el mapa me mostraba sobre mí misma.
Llevo más de 20 años en ese viaje — y 9 años acompañando a que otras lo vivan.
Puntos que no parecían conectados. Hasta que los conecté.
Fui directora de inteligencia comercial. Hoy leo el mapa de quien dirige.
Son la misma cosa — solo que una usa dashboards y la otra usa el cielo.
Hoy soy astroentrenadora.
La que usa tu mapa natal para mostrarte el sistema completo — no para decirte lo que va a pasar, sino para que sepas desde dónde moverte.
La que no te hace un horóscopo — te entrena.
Lo que verás si trabajamos juntas:
💚 Voy al punto exacto. Sin rodeos, sin información que no vas a saber usar. Trabajo con tu idioma y tus ejemplos — no con el mío. Para que lo que salga de cada sesión lo puedas usar de inmediato.
💚 Conecto lo que nadie más conecta. Porque tengo el mapa que nadie más tiene. Tu carta natal es el sistema de inteligencia más completo que existe sobre una persona. Con ella veo lo que pasa en tu trabajo, en tu cuerpo, en tus relaciones y en tu historia — al mismo tiempo. No una parte. Todo el sistema.
💚 No te digo lo que quieres escuchar. Con calor, con humor, con precisión — pero sin anestesia. Porque el movimiento real empieza donde termina la comodidad.
Lo que me formó no son credenciales en una pared. Son las herramientas que uso dependiendo de lo que tu sistema necesita ese día:
Kabbalah desde los 18 años. Astrología en ocho corrientes: médica, védica, psicológica evolutiva, infantil, chamánica, kabbalista, astrogenealógica y humanística. Constelaciones sistémicas familiares. Breathwork. Aromaterapia y oleoterapia. Coaching ontológico. Terapia somática. Guía de meditación. Access Consciousness.
Veinte años aprendiendo. Nueve acompañando a otras a recorrer lo mismo.
Lo que no encontrarás aquí:
Horóscopo de la semana. Respuestas fáciles. A alguien que te diga que todo va a estar bien si vibras alto.
Lo que sí:
A alguien que nombra lo que llevas tiempo sintiendo sin poder decirlo. Que ve el patrón antes de que tú lo veas. Que te dice exactamente qué mover — y por qué ahora. Y que no te suelta de vista mientras lo entrenas.
Una última cosa antes de que sigas:
Caminé a los 11 meses. Mi mamá dice que fue una señal. Yo creo que simplemente tenía prisa por llegar a algún lado.
Cuatro décadas después — sigo igual.
Soy adicta al café, a las donas de moca, al chocolate y las enchiladas de guajillo. Le voy al Real Madrid. Y hablo desde que tengo uso de razón — pregúntale a mi mamá.
Eso significa que mis mails tampoco son muy cortos que digamos.
Pero no son un monólogo. Son cartas para ahorrarte tiempo, dinero y energía — con claridad, base y dirección. Escritas para ti, no para llenar un calendario editorial.
Si eso suena como algo que quieres recibir — te espero en el mail.